Desde aquí escucho el crujido que emana su corazón.
Quizá entonces no lo conocía, ni su rostro aún veía,
y sin saber de su existencia,
ya oía ese astillar en su conciencia.
Como balas que pretenden atravesar el cristal,
buscando causar heridas de diversa gravedad.
No fue una, no fue azar ni dirección,
fueron muchas cayendo a la vez
sobre su dulce corazón.
Y cuando al fin lo conocí yo,
ya estaba roto, sin sostén, sin voz:
un colador de heridas abiertas al amor,
por las cuales mi querer se escurrió.
Porque aunque quise curarlo con devoción,
no hay manos que remedien tanto dolor.
Aunque quise quererlo sin condición,
no hay pecho que soporte tal destrucción.
Y en ese intento,
la siguiente bala,
de su parte…
la recibí yo.
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